Crianza

«Yo no fui»: por qué miente un niño de tres años (con la boca manchada)

La primera mentira asusta a cualquier padre. Es, en realidad, una señal de que su cabeza acaba de dar un paso enorme. Lo que decidas hacer con ella marca las de los próximos años.
Redacción Lumi · 6 min de lectura
«Yo no fui»: por qué miente un niño de tres años (con la boca manchada)

Falta media tableta de chocolate. Le preguntas y te dice que no fue él, con toda la cara manchada y una convicción admirable. Y ahí, además del enfado, aparece un pensamiento que asusta un poco: «me está mintiendo, y solo tiene tres años».

Vale la pena saber lo que hay detrás, porque cambia por completo la reacción. Para mentir hay que ser capaz de imaginar lo que el otro sabe y lo que no, y de sostener a la vez dos versiones del mundo: la real y la que estás contando. No es poca cosa para una cabeza de tres años.

Mentir es un hito, aunque no lo parezca

En el laboratorio esto se estudia con un juego sencillo: se deja al niño solo en una habitación con un juguete y se le pide que no mire. Casi todos miran. Lo interesante es qué contestan después. A los dos años, la mayoría de los que miraron lo confiesa; a medida que crecen, cada vez más niños lo niegan, y desde los tres años y medio se vuelven cada vez más capaces de mentir en situaciones distintas.

Y los niños que mienten suelen ser los que van por delante en dos cosas concretas: entender que los demás piensan distinto que ellos, y controlar sus propios impulsos. La mentira no es una falla moral que aparece de la nada; es una habilidad cognitiva que se estrena. Otra cosa es lo que hagamos nosotros con ella, que sí es educación.

Sostener dos versiones del mundo a la vez —la real y la que cuenta— no es poca cosa a los tres años.
Sostener dos versiones del mundo a la vez —la real y la que cuenta— no es poca cosa a los tres años.
La primera mentira no es una falla moral que aparece de la nada: es una habilidad que se estrena.

El castigo fabrica mentirosos

Aquí está el dato más incómodo y el más útil. Se comparó a niños de escuelas con disciplina punitiva y de escuelas sin ella, con el mismo juego. Los del entorno punitivo mentían más, y mentían mejor: sostenían la mentira con más habilidad al ser preguntados después. Niños de la misma edad, con adultos distintos, contestan distinto.

La lógica es transparente. Si decir la verdad ha salido caro las últimas veces, mentir es la opción sensata. Cuanto más dura es la consecuencia de confesar, más practica el niño la única salida que le queda, y la práctica lo vuelve bueno en eso.

Si confesar sale caro, mentir es la opción sensata. El castigo duro no enseña honestidad: la entrena al revés.
Preguntar «¿fuiste tú?» sabiendo la respuesta solo le ofrece una salida: negarlo.
Preguntar «¿fuiste tú?» sabiendo la respuesta solo le ofrece una salida: negarlo.

Qué hacer en el momento

No preguntes lo que ya sabes. «¿Fuiste tú?» con la evidencia delante es una trampa: solo le ofrece la salida de negar. Mejor nombrar el hecho: «se cayó el vaso; vamos a limpiarlo juntos».

Separa el destrozo de la mentira. Son dos conversaciones y la segunda es la importante. Y que decir la verdad siempre salga mejor que ocultarla, aunque el destrozo siga teniendo consecuencias.

Agradece la verdad en voz alta. «Me gusta que me lo cuentes, aunque se haya roto.» Suena raro la primera vez y es exactamente lo que estamos intentando que aprenda.

No lo llames mentiroso. A esta edad las etiquetas se pegan y se cumplen. Se habla de lo que pasó, no de lo que él es.

Lo que decidas hoy no resuelve el chocolate: decide si dentro de diez años te lo va a contar.

No todas las mentiras son iguales

Hay una que parece mentira y no lo es: el niño que cuenta que un dinosaurio se comió los zapatos. Eso es fantasía, y a los tres o cuatro años la frontera entre lo que pasó y lo que le gustaría todavía es borrosa. Se acompaña con humor y sin sermón. Preguntarle «¿eso pasó de verdad o es de mentiritas?» le enseña la frontera sin acusarlo de nada.

Y hay otra que conviene no aplastar: la mentira amable, la de «me gusta el regalo» cuando no le gusta. Pide mucha lectura del otro, y es la que le va a hacer falta en la vida social. Los cuentos que muestran lo bien que sale decir la verdad enseñan más que los que muestran lo mal que acaba el que miente.

La verdad se agradece en voz alta, aunque lo que se rompió siga roto.
La verdad se agradece en voz alta, aunque lo que se rompió siga roto.
Se habla de lo que pasó, nunca de lo que él es: a esta edad las etiquetas se cumplen.

La próxima vez que te mienta con la cara manchada, respira antes de contestar. Lo que decidas ahí no resuelve el chocolate: decide si dentro de diez años, cuando pase algo de verdad importante, te lo va a contar a ti.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Evans, A. D. y Lee, K. Emergence of lying in very young children. Developmental Psychology, 2013;49(10):1958-1963. doi.org/10.1037/a0031409
  2. Talwar, V. y Lee, K. Social and cognitive correlates of children's lying behavior. Child Development, 2008;79(4):866-881. doi.org/10.1111/j.1467-8624.2008.01164.x
  3. Talwar, V. y Lee, K. A punitive environment fosters children's dishonesty: a natural experiment. Child Development, 2011;82(6):1751-1758. doi.org/10.1111/j.1467-8624.2011.01663.x
  4. Lee, K. Little liars: development of verbal deception in children. Child Development Perspectives, 2013;7(2):91-96. doi.org/10.1111/cdep.12023
  5. Talwar, V., Arruda, C. y Yachison, S. The effects of punishment and appeals for honesty on children's truth-telling behavior. Journal of Experimental Child Psychology, 2015;130:209-217. doi.org/10.1016/j.jecp.2014.09.011
  6. Lee, K., Talwar, V., McCarthy, A., Ross, I., Evans, A. y Arruda, C. Can classic moral stories promote honesty in children? Psychological Science, 2014;25(8):1630-1636. doi.org/10.1177/0956797614536401

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