Cerebro

Trepar, saltar y colgarse: por qué el cuerpo de tu hijo también está aprendiendo

Se sube al sillón por décima vez, se tira, se vuelve a subir. No está desafiándote ni gastando energía de más: está calibrando dos sentidos que no se enseñan sentado y que sostienen todo lo demás.
Redacción Lumi · 7 min de lectura
Trepar, saltar y colgarse: por qué el cuerpo de tu hijo también está aprendiendo

Tu hijo se sube al respaldo del sillón, se queda un segundo midiendo, y salta. Cae mal, se ríe, y se vuelve a subir. Lo hace nueve veces seguidas. Tú ya dijiste «bájate de ahí» dos veces y estás por decirlo la tercera, con razón: se puede lastimar.

Pero conviene saber qué está haciendo mientras tanto, porque no es capricho ni exceso de energía. Está midiendo dónde termina su cuerpo, cuánta fuerza necesita para cada cosa y qué hace la gravedad cuando se suelta. Ese trabajo no se puede hacer sentado, y es la base sobre la que después se apoyan cosas que sí valoramos sin discusión, como sostener el lápiz o quedarse quieto en una silla.

Dos sentidos de los que nadie habla

Además de los cinco sentidos de siempre, tu hijo está calibrando otros dos. El sistema vestibular vive en el oído interno y le informa dónde está su cabeza respecto del mundo: si está inclinado, si gira, si cae. Es el que se entrena girando, colgándose boca abajo, columpiándose y rodando por una pendiente.

El otro es la propiocepción: la información que llega de músculos y articulaciones y le dice, sin mirar, dónde tiene el brazo y cuánta fuerza está haciendo. Se afina empujando, cargando, trepando y colgándose del propio peso. Un niño con esa información bien calibrada abraza sin aplastar, apoya el vaso sin golpearlo y calcula que no cabe por ese hueco antes de meterse.

Antes de poder quedarse quieto, un niño necesita saber con precisión dónde está. Eso no se aprende quieto.

Cómo aprende: repitiendo muchísimo y cayéndose bastante

El detalle que más sorprende de la investigación sobre desarrollo motor es la escala. Los estudios que siguen a niños de un año durante horas registran del orden de miles de pasos y decenas de caídas por día. Nadie le enseña a caminar: acumula intentos hasta que el sistema se ajusta solo.

Y aprende de forma flexible, no memorizando un movimiento. Por eso ensaya el mismo salto una y otra vez con variaciones mínimas: desde un escalón más alto, con los pies juntos, girando un poco. Cada repetición es una prueba distinta, aunque a nosotros nos parezca la misma.

Nueve veces el mismo salto no son nueve veces lo mismo: cambia la altura, la posición de los pies, la caída. Cada intento es una medición.
Nueve veces el mismo salto no son nueve veces lo mismo: cambia la altura, la posición de los pies, la caída. Cada intento es una medición.

Cuánto movimiento necesita de verdad

La Organización Mundial de la Salud puso números a esto para los menores de cinco años. Entre el año y los cuatro, la recomendación es al menos 180 minutos de actividad física repartidos a lo largo del día, de cualquier intensidad; entre los tres y los cuatro, que al menos 60 de esos minutos sean de intensidad moderada o vigorosa —correr, trepar, saltar de verdad—.

Lo interesante es que no se trata de una clase ni de un deporte: son minutos sueltos, acumulados. Y en la misma guía aparece el otro lado de la moneda: no más de una hora seguida sujeto en la silla del auto, la sillita de comer o el carrito, porque el tiempo de estar contenido también suma.

El juego que da un poco de miedo tiene una función

Trepar alto, ir rápido, esconderse donde no lo vemos, jugar a pelearse: los investigadores lo llaman juego de riesgo, y lo describen como una forma de exponerse a dosis pequeñas y manejables de miedo. Hay evidencia de que ese tipo de juego ayuda al niño a regular el susto y a calibrar mejor sus propios límites, en vez de volverlo temerario.

La distinción práctica que ayuda a los adultos es entre riesgo y peligro. El riesgo es algo que el niño puede evaluar: una altura desde la que él mismo decide si salta. El peligro es lo que no puede ver ni calcular: un tornillo suelto, un balcón, agua profunda. Nuestro trabajo es sacar el peligro del medio y después aguantarnos las ganas de sacar también el riesgo.

Una regla que funciona en casa: si subió solo, es su altura. Al niño que subimos nosotros a un lugar al que no llegaba le quitamos justamente la parte en la que estaba midiendo si podía.

Qué ofrecer, sin comprar nada

Cosas para trepar: el sofá, unos cojines apilados, un tronco, el juego del parque. Cosas para colgarse: una barra, las manos de un adulto, el borde de la mesa baja. Cosas para empujar y cargar: la canasta de la ropa, una silla que se arrastra, la bolsa de las compras livianas —esto es propiocepción pura y suele calmar muchísimo a los niños muy movidos—.

Cosas para girar y balancearse: dar vueltas hasta marearse, rodar por el pasto, el columpio, hacer la vertical contra la pared. Y cosas para equilibrarse: caminar por el bordillo dándote la mano, cruzar de piedra en piedra, pararse en un pie mientras se lavan los dientes.

Con eso alcanza. No hace falta equipamiento: hace falta espacio, tiempo sin apuro y un adulto que mire sin intervenir a cada segundo.

Cuándo conviene consultar

Los hitos motores gruesos tienen un rango amplio y normal: sentarse sin apoyo cerca de los seis a nueve meses, caminar solo entre los doce y los dieciocho, saltar con los dos pies cerca de los dos años, pararse en un pie unos segundos alrededor de los tres, y subir escaleras alternando los pies cerca de los cuatro.

Vale la pena comentarlo con el pediatra si a los dieciocho meses todavía no camina, si pierde una habilidad que ya tenía, si se ve muy rígido o muy flojo, si usa siempre el mismo lado del cuerpo y casi nunca el otro, o si el movimiento le resulta claramente incómodo o lo evita de forma sistemática. Consultar temprano no es alarmarse: es la manera de descartar rápido o de empezar a tiempo.

La próxima vez que se suba al sillón

Quizá siga siendo el momento de decir que ahí no. Pero si es posible, en lugar de terminar la escena, muévela: la misma necesidad se resuelve en el parque, en el pasillo con cojines o subiendo la escalera diez veces con supervisión.

Lo que tu hijo está buscando no es desobedecerte. Está terminando de aprender a habitar su cuerpo, y ese es un trabajo que solo puede hacer moviéndolo.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Organización Mundial de la Salud. «Directrices sobre actividad física, comportamientos sedentarios y sueño para menores de 5 años», 2019. Origen de los 180 minutos diarios de actividad, los 60 minutos de intensidad moderada a vigorosa entre los 3 y 4 años y el límite de una hora seguida de sujeción.
  2. Adolph, K. E. et al. «How do you learn to walk? Thousands of steps and dozens of falls per day». Psychological Science, 2012;23(11):1387-1394. Base de la escala de repeticiones y caídas descrita en el artículo y del carácter flexible del aprendizaje motor.
  3. Sandseter, E. B. H. y Kennair, L. E. O. «Children's risky play from an evolutionary perspective: the anti-phobic effects of thrilling experiences». Evolutionary Psychology, 2011;9(2):257-284. Sustenta la función reguladora del juego de riesgo y la distinción entre riesgo y peligro.
  4. Centers for Disease Control and Prevention. «Learn the Signs. Act Early» — indicadores del desarrollo por edad. Fuente de los rangos de los hitos motores gruesos y de las señales que justifican consultar, incluida la pérdida de una habilidad ya adquirida.

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