Vínculo

«Dale un beso a la tía»: por qué conviene dejar de obligarlo

Se esconde detrás de tu pierna y toda la sala está mirando. Qué aprende un niño cuando el cariño se vuelve obligatorio, y una regla sencilla para salir del paso sin quedar mal con nadie.
Redacción Lumi · 6 min de lectura
«Dale un beso a la tía»: por qué conviene dejar de obligarlo

La escena la conoces. Llegan a casa de la familia, tu hijo entra con el impulso de siempre y se frena en seco al ver a la tía que no ve desde hace ocho meses. Se pega a tu pierna. Y ahí aparece la frase, dicha por alguien con toda la buena intención del mundo: «¿y mi beso?».

En ese momento hay tres personas incómodas y solo una de ellas tiene cuatro años. Lo que hagas en los siguientes cinco segundos no va a arruinarle la vida a nadie, pero repetido cien veces sí le enseña algo. Vale la pena saber qué.

Lo que aprende cuando lo obligas

Un niño no procesa «dale un beso a la tía» como una norma de cortesía. Lo procesa mucho más literal, y lo que le llega es una secuencia: siento incomodidad, la digo, y la respuesta es que no cuenta. Un adulto que quiere a alguien le pide contacto físico, y el adulto que lo cuida se pone del lado de quien lo pide.

Repetido, eso construye una idea de fondo bastante concreta: que el cariño se debe, que decir que no incomoda a los demás, y que cuando un grande insiste lo correcto es ceder.

No es que un beso a la abuela sea peligroso. Es que la lección viaja más lejos que el beso.

La recomendación que sale de aquí es sencilla, y no es una moda de crianza: no forzar el contacto físico afectuoso, y dejar que sea el niño quien decide sobre su propio cuerpo también dentro de la familia.

El niño que se esconde detrás de la pierna no está siendo maleducado: está tomándose el tiempo que necesita para reconocer a alguien que casi no ve.
El niño que se esconde detrás de la pierna no está siendo maleducado: está tomándose el tiempo que necesita para reconocer a alguien que casi no ve.

La regla que resuelve casi todo

El malentendido habitual es creer que la alternativa a obligarlo es dejarlo ignorar a la gente. No lo es, y esa versión tampoco le hace ningún favor. La regla que funciona cabe en una línea:

Saludar no se negocia. Cómo saluda, sí.

Es decir: sí tiene que reconocer a la persona que llegó, mirarla y decirle algo. No tiene que besarla. Y en cuanto le das opciones concretas, la mayoría de los niños elige alguna y el problema se disuelve: chocar los cinco, saludar con la mano, un beso lanzado desde lejos, enseñarle algo que trajo, decir hola con la boca.

Si eliges por él antes de que la sala se ponga tensa, mejor todavía: «¿lo saludas de mano o le chocas los cinco?». Dos opciones, las dos aceptables para ti, y la decisión sigue siendo suya.

El problema casi nunca es el niño

Seamos honestos con la parte incómoda: la presión rara vez viene del niño. Viene de que a ti te da vergüenza que parezca mal educado, o de que la tía se lo va a tomar como un desaire, o de que alguien va a decir que está muy consentido.

Ayuda tener preparada una frase corta que proteja a los dos, dicha en tono ligero y sin sermón: «hoy anda de saludo de mano», «todavía se está acostumbrando, en un rato no lo vas a poder despegar». No hace falta explicar tu criterio de crianza en la sala. Basta con no dejar solo a tu hijo en ese silencio.

Y si el familiar insiste, la respuesta sigue siendo con el niño y no contra el adulto: le ofreces otra vez las dos opciones a él. Casi siempre eso cierra el tema sin que nadie tenga que ceder en público.

Chocar los cinco, saludar con la mano, un beso lanzado desde lejos: dar dos opciones concretas resuelve la escena mejor que cualquier explicación.
Chocar los cinco, saludar con la mano, un beso lanzado desde lejos: dar dos opciones concretas resuelve la escena mejor que cualquier explicación.

Dónde está el límite honesto de esto

Conviene decirlo con claridad, porque este tema se cuenta a veces como si fuera un escudo: enseñarle a un niño a decir que no NO es lo que lo protege de un abuso. Los programas que enseñan a los niños a reconocer situaciones de riesgo y a negarse logran que aprendan esos conceptos, y pueden ayudar a que cuenten lo que les pasó y a que no se culpen; pero los estudios no son concluyentes sobre si reducen el abuso, y poner ahí la responsabilidad principal es injusto y poco eficaz.

Lo que protege a un niño son los adultos: la supervisión, saber con quién está y en qué condiciones, y que exista alguien a quien pueda contarle cualquier cosa sin que se arme un incendio.

Dicho eso, respetar su cuerpo sí construye una pieza que sirve, y es la de contarlo. Un niño acostumbrado a que su incomodidad se toma en serio tiene mucha más probabilidad de decir «no me gustó cuando fulano hizo esto» que uno entrenado en que lo que él sienta es secundario cuando un adulto pide algo.

Tres cosas que van en el mismo paquete

Los nombres verdaderos de las partes del cuerpo. Sin apodos. No es una conversación especial: sale sola al bañarlo o al vestirlo. Un niño que puede nombrar lo que le pasó lo cuenta antes y se lo entiende mejor.

La diferencia entre sorpresa y secreto. Una sorpresa se cuenta después y termina en alegría; un secreto es para siempre. En casa se puede decir sin dramatizar: de los secretos que hay que guardar para siempre, se avisa.

Que también valga contigo. Es la parte incómoda: las cosquillas que ya no le hacen gracia, el abrazo cuando está enojado, la foto que no quiere. Si «para» funciona con la tía pero no contigo, no aprendió una regla, aprendió una excepción.

«Para» tiene que funcionar también contigo, incluso en las cosquillas. Si solo vale con los demás, no aprendió la regla.
«Para» tiene que funcionar también contigo, incluso en las cosquillas. Si solo vale con los demás, no aprendió la regla.

Nadie va a llevar la cuenta de si tu hijo besó a la tía en la comida de diciembre. Lo que sí se acumula es lo otro: cien veces en las que dijo que no le apetecía y alguien lo tomó en cuenta.

Y va a haber días en que estés cansado, la sala esté llena y digas «anda, dale el beso» para acabar antes. También está bien. Esto no se juega en una tarde, se juega en la tendencia.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Finkelhor D. The Prevention of Childhood Sexual Abuse. The Future of Children, 2009. doi.org/10.1353/foc.0.0035
  2. Wurtele SK, Kenny MC. Partnering with parents to prevent childhood sexual abuse. Child Abuse Review, 2010. doi.org/10.1002/car.1112
  3. Kenny MC, Wurtele SK. Preschoolers' Knowledge of Genital Terminology: A Comparison of English and Spanish Speakers. American Journal of Sexuality Education, 2008. doi.org/10.1080/15546120802372008

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