Lenguaje

No le leas el cuento: conversen el cuento

Leerle todas las noches está bien. Pero lo que de verdad le mueve el lenguaje no son las palabras que tú dices, sino las veces que le toca hablar a él. Se llama lectura dialógica y cambia quién sostiene el libro.
Redacción Lumi · 7 min de lectura
No le leas el cuento: conversen el cuento

Casi todos los consejos de crianza que hablan de lectura terminan en el mismo lugar: léele todos los días. Es un buen consejo y no vamos a desmentirlo. Pero está incompleto, y lo que le falta es justo la parte que más rinde.

Hay una manera de leer un cuento en la que el adulto hace casi todo: pronuncia, entona, pasa las páginas, pone las voces. El niño escucha. Es agradable, es valioso, y es exactamente el momento en el que su lenguaje se está moviendo menos de lo que podría.

La otra manera se llama lectura dialógica, y su idea central cabe en una frase: durante el cuento, el que tiene que terminar hablando es el niño.

El experimento que cambió el consejo

En 1988, un equipo dirigido por Grover Whitehurst probó algo simple. Dividieron a un grupo de niños pequeños en dos: a unos les leyeron cuentos como se leen normalmente; con los otros, los adultos usaron el libro como excusa para conversar. Preguntaban, esperaban la respuesta, la repetían ampliada y seguían.

Un mes después, los niños del segundo grupo habían avanzado varios meses de lenguaje expresivo por encima de los primeros. Mismos libros, mismo tiempo, misma casa. Lo único distinto era quién hablaba.

El libro no enseña. Enseña la conversación que ocurre encima del libro.
El gesto que marca la diferencia es diminuto: dejar de leer un segundo y esperar. La pausa es la invitación.
El gesto que marca la diferencia es diminuto: dejar de leer un segundo y esperar. La pausa es la invitación.

Por qué funciona: turnos, no palabras

Durante años se creyó que lo importante era la cantidad de palabras que el niño oía. Un estudio del MIT publicado en 2018 afinó bastante esa idea: al medir la actividad cerebral de niños de 4 a 6 años, lo que predecía su lenguaje no era cuántas palabras había escuchado, sino cuántos turnos de conversación había sostenido con un adulto.

Un turno es una ida y una vuelta: él dice algo, alguien le responde a eso que dijo, él contesta. Los niños con más turnos mostraban más activación en las áreas del lenguaje del cerebro, y la relación se sostenía incluso descontando el nivel socioeconómico de la familia.

Dicho de otro modo: hablarle mucho ayuda, pero hablar con él es de otra categoría. Y un cuento ilustrado es el mejor pretexto que existe para provocar turnos, porque hay algo delante de los dos a lo que señalar.

Cómo se hace, en concreto

El método original tiene una secuencia de cuatro pasos que se aprende en una noche. Se resume así:

1. Pregunta. En vez de leer la página, pregunta algo sobre ella. «¿Qué está haciendo el perro?»

2. Espera y escucha. Aquí está la parte difícil. Cuenta hasta cinco en silencio. Los niños de tres años tardan en armar la frase, y el adulto suele rescatarlos antes de tiempo.

3. Amplía. Toma lo que dijo y devuélveselo con un poco más. Si dice «perro corre», tú dices: «Sí, el perro corre rapidísimo porque está persiguiendo la pelota».

4. Repite. Invítalo a decirlo con la versión ampliada. Sin corregirlo, sin pedirle que repita como examen: simplemente vuelve a preguntar y deja que lo diga mejor.

Cuatro o cinco intercambios de estos por cuento son suficientes. No se trata de convertir el cuento en una clase: si el niño quiere que sigas leyendo, sigue leyendo.

Cinco segundos de silencio después de preguntar. Es el intervalo que más cuesta sostener y el que hace todo el trabajo.
Cinco segundos de silencio después de preguntar. Es el intervalo que más cuesta sostener y el que hace todo el trabajo.

Las preguntas que sirven y las que no

Las preguntas de sí o no cierran la conversación en un segundo. Las que la abren son las que no tienen una respuesta correcta esperando: «¿Qué crees que va a pasar ahora?», «¿Por qué se puso triste?», «¿A ti te pasó algo así alguna vez?».

Esa última familia de preguntas —las que saltan del libro a la vida del niño— es la más potente de todas y la que más se olvida. Conectar la página con algo que él vivió obliga a recordar, ordenar y contar: tres cosas que no ocurren señalando un dibujo.

Una buena pregunta no es la que él puede contestar rápido. Es la que lo deja pensando cinco segundos.

Por qué el libro y no la charla de la cena

Conversar en la mesa también suma turnos, claro. Pero los libros infantiles tienen una propiedad que la conversación cotidiana no tiene: están llenos de palabras raras. Un análisis de la Universidad de Indiana comparó el vocabulario de los cuentos ilustrados con el del habla dirigida a los niños y encontró que los libros contienen bastantes más palabras poco frecuentes.

En casa decimos «vamos», «espera», «ponte los zapatos». En un cuento aparecen «diminuto», «tembloroso», «se desplomó». El libro le presta al niño un vocabulario que nuestra vida diaria no le va a dar, y la conversación encima del libro se lo hace suyo.

Tres cosas que no hay que hacer

Convertirlo en evaluación. Si cada página trae una pregunta y el niño siente que lo están midiendo, el cuento deja de ser un refugio. Se nota rápido: empieza a contestar con monosílabos o pide otro libro.

Corregir la forma. Si dice «se rompió el vaso» y quería decir otra cosa, no le corrijas la palabra: úsala bien tú en tu respuesta. Los niños aprenden de escuchar la versión correcta, no de que les señalen la incorrecta.

Abandonar la relectura. El mismo cuento por decimoquinta vez es aburridísimo para el adulto y utilísimo para el niño: cuando ya se sabe la historia, deja de gastar atención en seguirla y puede usarla en el lenguaje. Las mejores conversaciones suelen pasar en la relectura, no en la primera vez.

Lo que puedes hacer esta noche

No cambies de libro ni compres nada. Toma el cuento de siempre y, en dos páginas —solo dos—, no leas: pregunta. Espera cinco segundos. Toma lo que te diga y devuélveselo con tres palabras más.

Vas a notar algo raro la primera vez: el cuento tarda el doble y avanza la mitad. Ese es exactamente el objetivo.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Whitehurst, G. J. et al. «Accelerating language development through picture book reading». Developmental Psychology, 1988. Los niños cuyos adultos leyeron de forma dialógica mostraron ventajas significativas en lenguaje expresivo frente al grupo de lectura convencional.
  2. Whitehurst, G. J. y Lonigan, C. J. Secuencia PEER (preguntar, evaluar, ampliar, repetir) y tipos de pregunta CROWD, incluidas las preguntas de distanciamiento que conectan el libro con la experiencia del niño.
  3. Romeo, R. R. et al. «Beyond the 30-Million-Word Gap: Children's Conversational Exposure Is Associated With Language-Related Brain Function». Psychological Science, 2018. Los turnos conversacionales —no el número de palabras oídas— predijeron la activación en el área de Broca y el desempeño lingüístico, controlando el nivel socioeconómico.
  4. Mol, S. E., Bus, A. G., de Jong, M. T. y Smeets, D. J. H. «Added value of dialogic parent–child book readings: a meta-analysis». Early Education and Development, 2008. Efectos sobre vocabulario expresivo, mayores en los niños más pequeños.
  5. Montag, J. L., Jones, M. N. y Smith, L. B. «The words children hear: picture books and the statistics of language learning». Psychological Science, 2015. Los libros ilustrados contienen más palabras poco frecuentes que el habla dirigida al niño.

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