Nutrición

El desayuno: por qué es la comida que más cuesta (y cómo dejar de pelearla)

Se despierta sin hambre, hay quince minutos y acaba llevándose un pan dulce en el coche. Lo que decide el desayuno de tu hijo no ocurre por la mañana.
Redacción Lumi · 6 min de lectura
El desayuno: por qué es la comida que más cuesta (y cómo dejar de pelearla)

De las tres comidas, el desayuno es la que se pelea con peores cartas: el niño acaba de despertarse, el adulto va contra reloj, y la oferta que tenemos a mano en la alacena es casi toda dulce. No es raro que sea la que peor sale.

Conviene empezar quitando culpa: que un niño pequeño se despierte sin hambre es normal. El apetito tarda un rato en encenderse, sobre todo si cenó tarde o si se bebió un vaso grande de leche a las once de la noche. Lo que hay que revisar casi nunca está en la mañana.

Qué sabemos y qué no

Las revisiones de estudios sobre desayuno y rendimiento en niños coinciden en algo moderado pero constante: desayunar se asocia con mejor atención y mejor memoria de trabajo durante la mañana, y el efecto se nota más en los niños peor nutridos. No es magia ni convierte a nadie en mejor estudiante; simplemente el cerebro de un niño gasta mucho y lleva diez o doce horas sin recibir nada.

Lo que esos mismos estudios no dicen es que haga falta un desayuno grande, ni completo, ni a una hora concreta. Un desayuno pequeño de verdad —fruta y un poco de queso— cumple. Y el niño que sale sin nada porque no le entró puede desayunar a media mañana sin que pase nada, siempre que en la lonchera vaya comida y no galletas.

No hace falta un desayuno grande: hace falta que exista y que no sea un postre.
No hace falta un desayuno grande: hace falta que exista y que no sea un postre.
Un desayuno no tiene que ser grande. Tiene que existir y no ser un postre disfrazado.

El desayuno no tiene por qué ser dulce

Hay una costumbre cultural muy pegada: la primera comida del día es la única en la que nos parece normal servir chocolate, cereal azucarado o pan dulce. Al niño le da igual la hora que sea; lo que aprende es que la mañana sabe a azúcar, y ese gusto se instala pronto y se queda.

En muchas cocinas la solución más rápida no es inventar un desayuno: es servir de cena. Frijoles, huevo, quesadilla, sopa, arroz con verdura, un poco de lo de ayer. No es exótico ni es un capricho de nutricionista: es lo que se desayuna en la mitad del mundo, y encima ya está hecho.

Al estómago no le importa qué hora es. La idea de que la mañana es dulce se la enseñamos nosotros.
Frijoles, huevo o un poco de lo de ayer: la mitad del mundo desayuna comida de comida.
Frijoles, huevo o un poco de lo de ayer: la mitad del mundo desayuna comida de comida.

Lo que sí cambia la mañana

Adelanta la cena, no el despertador. El niño que cena a las nueve amanece sin hambre a las siete. Media hora antes en la cena hace más por el desayuno que cualquier truco de la mañana.

Deja el desayuno hecho la noche anterior. La fruta cortada, la mesa puesta, la lonchera lista. Casi todo lo que se pelea a las siete se decide a las nueve del día anterior.

Que se despierte antes de comer, no en la mesa. Diez minutos de estar levantado —vestirse, lavarse la cara— encienden el apetito. Sentar a un niño dormido delante de un plato no funciona con nadie.

Que participe en algo mínimo. Untar, pelar el plátano, servirse la leche de una jarra pequeña. Le da control sobre lo único que le corresponde decidir, que es cuánto se come.

Casi todo lo que se pelea a las siete de la mañana se decidió a las nueve de la noche anterior.

Y si de plano no desayuna

No se fuerza y no se convierte en batalla diaria, porque la mesa peleada por la mañana contamina también las otras comidas. Se ofrece algo pequeño, se acepta el «no», y se manda comida de verdad para media mañana. Muchos niños que «no desayunan» comen perfectamente a las diez. Y conviene decirlo sin dramatismo: «hay esto, si no quieres no pasa nada», y levantar la mesa sin comentarios.

Lo que sí conviene mirar si el «no» dura semanas: si duerme suficiente y a qué hora, cuánta leche toma por la noche, y si el «no tengo hambre» aparece también en la comida y la cena. Ahí ya no hablamos del desayuno, sino de otra cosa que merece consulta. Un niño que come bien el resto del día no tiene un problema de desayuno: tiene un horario.

Preparar la mesa la noche anterior resuelve la mitad de lo que se pelea a las siete de la mañana.
Preparar la mesa la noche anterior resuelve la mitad de lo que se pelea a las siete de la mañana.
El desayuno de mañana se prepara esta noche: a las siete ya solo queda servirlo.

Esta semana, dos cambios y nada más: la cena media hora antes y algo salado en la mesa por la mañana. Es probable que en tres o cuatro días el desayuno deje de ser el peor rato del día.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Hoyland, A., Dye, L., Lawton, C. L. «A systematic review of the effect of breakfast on the cognitive performance of children and adolescents». Nutrition Research Reviews, 2009. Sostiene lo que se afirma sobre atención y memoria de trabajo por la mañana.
  2. Adolphus, K., Lawton, C. L., Dye, L. «The effects of breakfast on behavior and academic performance in children and adolescents». Frontiers in Human Neuroscience, 2013. Matiza el tamaño real del efecto y en qué niños se nota más.
  3. Organización Mundial de la Salud. «Guideline: Sugars intake for adults and children», 2015. Base de lo que se afirma sobre el azúcar en la primera comida del día.
  4. American Academy of Pediatrics. «Feeding & Nutrition: Your Toddler» (HealthyChildren.org). Fundamenta no forzar la ingesta y el reparto de papeles en la mesa.

Esto es una parte pequeña de Lumi

Cuentos, canciones y juegos sin anuncios para niños de 1 a 6 años, y una revista para papás como este artículo. Los primeros contenidos de cada sección son gratis.

Ver Lumi