Cerebro

Cuándo entiende tu hijo que los demás piensan distinto (y por qué se esconde tan mal)

Tapa los ojos y cree que desapareció. Te dice que no comió chocolate con la boca embarrada. No te está mintiendo mal: todavía está construyendo la idea de que en tu cabeza hay algo distinto de lo que hay en la suya.
Redacción Lumi · 7 min de lectura
Cuándo entiende tu hijo que los demás piensan distinto (y por qué se esconde tan mal)

Tu hijo se tapa la cara con las manos y anuncia que no lo encuentras. Está parado en medio de la sala, a plena vista. Y no está haciéndose el gracioso: en ese momento le parece razonable que si él no te ve, tú tampoco lo ves a él.

Detrás de esa escena hay una de las construcciones más importantes de los primeros años, y una de las menos comentadas. Los investigadores la llaman teoría de la mente: darse cuenta de que las otras personas tienen su propia cabeza, con sus propios pensamientos, deseos y creencias, y que lo que hay ahí adentro puede ser distinto de lo que hay en la mía. Incluso puede estar equivocado.

Se construye por partes, no de un día para otro

Mucho antes de hablar, tu bebé ya empieza. Alrededor del año aparece la atención conjunta: señala algo y después te mira a ti, para comprobar que estás mirando lo mismo. Ese gesto pequeñísimo es el primer indicio de que entiende que tu atención es algo separado de la suya y que puede dirigirla.

Cerca de los dos años llega el juego simbólico: el plátano es un teléfono y el sillón es un barco. Para sostener eso, el niño tiene que manejar dos versiones de la realidad a la vez —lo que la cosa es y lo que estamos haciendo que sea— y saber que tú estás jugando al mismo juego.

Hacia los tres, entiende que los deseos pueden ser distintos: sabe que a él le gustan las galletas y a su hermana las manzanas, aunque a él las manzanas le parezcan terribles. Pero todavía le cuesta lo siguiente, que es más difícil: entender que alguien puede creer algo que no es verdad.

La prueba de la creencia falsa

El experimento clásico existe desde 1983 y es tan simple que puedes hacerlo en tu cocina. Se le muestra al niño una caja de galletas conocida y se le pregunta qué cree que hay adentro. «Galletas», contesta. Se abre: adentro hay lápices. Se cierra otra vez y se le pregunta: «Ahora viene tu prima, que nunca vio esta caja. ¿Qué va a pensar ella que hay adentro?»

Un niño de tres años suele contestar «lápices». No está distraído: para él, lo que él sabe es lo que se sabe, punto. Alrededor de los cuatro o cinco, ese mismo niño se ríe y contesta «¡galletas!», porque ya puede sostener en la cabeza que su prima tiene una idea equivocada. Es un cambio de una nitidez sorprendente, y ocurre más o menos en la misma edad en culturas muy distintas.

A los tres años, lo que yo sé es lo que se sabe. A los cinco, tu hijo descubre que en tu cabeza puede haber otra versión de la historia.
La prueba de la caja: si tu hijo dice que la prima pensará «lápices», todavía está en camino. Si dice «galletas» y se ríe, acaba de darte la respuesta que a los tres años casi nadie da.
La prueba de la caja: si tu hijo dice que la prima pensará «lápices», todavía está en camino. Si dice «galletas» y se ríe, acaba de darte la respuesta que a los tres años casi nadie da.

Por eso miente mal, y por eso mentir es una buena noticia

Las primeras mentiras aparecen entre los dos y los cuatro años, y son maravillosamente malas: te dice que no fue él con la cara pintada de chocolate. Para mentir bien hace falta justamente lo que todavía está construyendo —imaginar qué sabe y qué no sabe el otro— y por eso al principio el niño declara lo contrario de lo evidente sin ocuparse de la evidencia.

En los estudios sobre este tema, los niños que mienten antes suelen ser los que resuelven antes las pruebas de creencia falsa. Dicho de otro modo: la primera mentira no es una señal moral, es una señal cognitiva. Eso no significa festejarla —sí conviene enseñar a decir la verdad—, pero sí tratarla como lo que es: un paso del desarrollo, no una traición.

Lo que cambia en la casa cuando esto aparece

Entender que el otro piensa distinto es la base de casi todo lo que después llamamos convivencia. Compartir, esperar el turno, consolar a alguien que llora, entender un chiste, negociar en un juego, darse cuenta de que su amigo se enojó: todo eso se apoya en la misma capacidad.

También explica frustraciones cotidianas. Cuando tu hijo de tres años te cuenta lo que pasó en el kínder empezando por la mitad, con nombres que tú no conoces, no está siendo desordenado: está dando por hecho que tú también estabas ahí. Y cuando pide «ese» señalando algo que no puedes ver desde donde estás, es la misma historia.

Cuatro cosas que lo alimentan de verdad

Habla de lo que pasa por dentro. Los estudios son consistentes en algo: las familias que conversan sobre estados mentales —«creo», «pensé», «se acordó», «se puso triste porque…»— tienen hijos que resuelven antes estas pruebas. No hace falta un vocabulario técnico; alcanza con nombrar lo que la gente piensa y siente, incluido tú: «yo pensé que ya te habías dormido».

Lee cuentos y detente a preguntar. Un cuento es un laboratorio de mentes ajenas. «¿Por qué crees que el lobo se escondió?», «¿el osito sabe que su mamá está ahí atrás?». Detenerse a preguntar convierte la lectura en un ejercicio de ponerse en la cabeza de otro.

Deja que juegue a ser otro. El juego simbólico —hacer de doctor, de mamá, de perro— obliga a sostener el punto de vista de un personaje. Es de los entrenamientos más potentes que existen, y el niño lo hace solo si tiene tiempo y compañía.

Aprovecha los conflictos, no los apures. Cuando dos niños se pelean por un juguete, la tentación es resolverlo rápido. Si en cambio le pones palabras a la otra cabeza —«él estaba jugando con eso y no sabía que tú lo querías»—, el conflicto se vuelve la mejor clase disponible.

Cada niño a su ritmo

Las edades de este artículo son promedios, no calendarios. Hay niños que resuelven la prueba de la caja a los tres años y medio y otros a los cinco y medio, y ambos están perfectamente bien. Lo que sí conviene mirar con un profesional es lo anterior a todo esto: si cerca del año y medio no señala para compartir algo contigo, no busca tu mirada, no responde a su nombre o no aparece el juego de imaginar, vale la pena consultarlo con el pediatra, sin alarma y sin esperar a ver.

Y mientras tanto, cuando se tape la cara con las manos y te anuncie que desapareció, ya sabes qué está pasando: su cabeza está trabajando en la idea más social de todas, que es que la tuya existe.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Wimmer, H. y Perner, J. «Beliefs about beliefs: Representation and constraining function of wrong beliefs in young children's understanding of deception». Cognition, 1983;13(1):103-128. Estudio original de la tarea de creencia falsa que se describe en el artículo.
  2. Wellman, H. M., Cross, D. y Watson, J. «Meta-analysis of theory-of-mind development: The truth about false belief». Child Development, 2001;72(3):655-684. Meta-análisis sobre el cambio consistente entre los tres y los cinco años en distintas culturas y variantes de la tarea.
  3. Baron-Cohen, S., Leslie, A. M. y Frith, U. «Does the autistic child have a 'theory of mind'?». Cognition, 1985;21(1):37-46. Origen de la tarea Sally-Anne y de la relación entre estos hitos y las señales tempranas que conviene consultar.
  4. Talwar, V. y Lee, K. «Development of lying to conceal a transgression: Children's control of expressive behaviour during verbal deception». International Journal of Behavioral Development, 2002;26(5):436-444. Base de la relación entre las primeras mentiras y el desarrollo de la teoría de la mente.
  5. Ruffman, T., Slade, L. y Crowe, E. «The relation between children's and mothers' mental state language and theory-of-mind understanding». Child Development, 2002;73(3):734-751. Sustenta la recomendación de conversar sobre estados mentales en casa.

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