Crianza consciente

Cuando el celular se mete entre los dos

No es una acusación: todos lo hacemos y casi siempre por motivos legítimos. Pero al niño no le llega el motivo, le llega la cara. Qué dice la investigación sobre las interrupciones y, sobre todo, qué hacer después.
Redacción Lumi · 7 min de lectura
Cuando el celular se mete entre los dos

Este artículo se puede leer de dos maneras. Una es como un reproche: el celular te está robando a tu hijo. Esa lectura no ayuda a nadie y además es injusta, porque buena parte de lo que hacemos en el teléfono mientras acompañamos a un niño es trabajo, coordinación de la casa o el único rato de aire que tenemos en el día.

La otra lectura, que es la que nos interesa, es más útil: entender qué es exactamente lo que el niño registra cuando nuestra cara se apaga, y qué se puede hacer en los treinta segundos siguientes.

La cara quieta

En los años setenta, el psicólogo Edward Tronick diseñó un experimento que hoy se estudia en todas las carreras de psicología del desarrollo. Una madre juega normalmente con su bebé. A una señal, deja de responder: se queda mirándolo con la cara completamente inexpresiva, sin sonreír, sin hablar. Dos minutos.

Lo que hace el bebé es siempre parecido. Primero insiste: sonríe más, señala, chilla, hace todo lo que antes funcionaba. Después empieza a incomodarse. Y si nadie responde, se retira: aparta la mirada, se encorva, se desorganiza. Cuando la madre vuelve a responder, el bebé se recupera, pero le toma un rato.

El experimento se llama still face, cara quieta, y no se diseñó pensando en teléfonos. Se diseñó para mostrar hasta qué punto un niño pequeño depende de que la cara de su adulto le conteste.

El bebé no protesta porque lo dejen solo. Protesta porque lo están mirando y la cara no le responde.
Lo que el niño lee no es el aparato: es la cara. Y una cara concentrada en una pantalla se parece muchísimo a una cara que dejó de contestar.
Lo que el niño lee no es el aparato: es la cara. Y una cara concentrada en una pantalla se parece muchísimo a una cara que dejó de contestar.

De un experimento de laboratorio a la mesa de la cocina

Un equipo de la Universidad de Michigan dirigido por la pediatra Jenny Radesky hizo algo distinto: en vez de un laboratorio, se sentaron a observar en restaurantes de comida rápida. Registraron a decenas de adultos comiendo con niños y anotaron qué pasaba con los dispositivos.

Encontraron un patrón que se repetía. Los adultos más absortos en el teléfono eran los que respondían de forma más brusca cuando el niño reclamaba atención. No es que fueran peores padres: es que la interrupción llega con costo. Salir del teléfono para atender a alguien que insiste cuesta más que atenderlo desde el principio.

Investigaciones posteriores del mismo grupo pusieron nombre a esto: technoference, las pequeñas intromisiones tecnológicas en las interacciones cotidianas. Y encontraron una asociación en los dos sentidos: más intromisiones se relacionaban con más problemas de conducta en el niño, y más problemas de conducta con más refugio del adulto en el teléfono. Un círculo, no una flecha.

El dato que más incomoda

Hay un estudio pequeño y muy elegante de Reed, Hirsh-Pasek y Golinkoff, publicado en 2017. Enseñaron palabras nuevas a niños de dos años. En una condición, la enseñanza transcurría sin interrupciones. En la otra, a mitad de camino sonaba el teléfono del adulto, que atendía unos segundos y luego retomaba.

Los niños aprendieron la palabra en la condición sin interrupción. En la condición interrumpida, no la aprendieron. La misma persona, el mismo objeto, el mismo número de repeticiones.

Conviene leer bien qué dice y qué no dice ese resultado. No dice que atender el teléfono dañe al niño. Dice que el aprendizaje de esa edad depende de una secuencia continua —él mira algo, tú lo nombras, él vuelve a mirarte— y que un corte la parte por la mitad.

No hace falta apagar nada todo el día. Basta con proteger los ratos en los que la secuencia importa: la comida, el baño, el cuento, el reencuentro.
No hace falta apagar nada todo el día. Basta con proteger los ratos en los que la secuencia importa: la comida, el baño, el cuento, el reencuentro.

Qué hacer, sin volverse un monje

La solución no es dejar el teléfono, porque no va a pasar y porque tampoco hace falta. Lo que sí funciona es acotar y avisar.

Nombrar la interrupción. «Voy a contestar un mensaje del trabajo. Cuento hasta veinte y vuelvo contigo.» A los tres años no entiende de trabajo, pero entiende dos cosas enormes: que no es por él, y que hay un final. La cara que se apaga sin aviso es la que se parece al experimento de Tronick; la que avisa, no.

Elegir cuatro momentos y blindarlos. No todo el día: cuatro. La mayoría de las familias eligen los mismos —la comida, el baño, el cuento de la noche y los primeros diez minutos del reencuentro después del trabajo o el colegio—. Fuera de esos, el teléfono es libre.

Dejarlo boca abajo y fuera de la mano. Suena tonto y es lo que más cambia el comportamiento del adulto. No compite igual un aparato que se ilumina en tu campo visual que uno que está en otra habitación.

Y volver bien. Esta es la parte que importa de verdad, y la desarrollamos abajo.

La reparación vale más que la prevención

El propio Tronick, cuando le preguntan por su experimento, insiste en un detalle que casi nadie cita: lo interesante no es la cara quieta, es lo que pasa después. En las interacciones normales, adulto y bebé se desajustan y se reajustan constantemente; se calcula que están coordinados una fracción del tiempo. Lo que construye seguridad no es no fallar nunca: es la reparación repetida.

Traducido: el problema no es haber estado veinte minutos en el teléfono. El problema sería volver de esos veinte minutos como si no hubiera pasado nada. Volver bien es agacharse a su altura, mirarlo, nombrar lo que pasó y retomar donde estaban: «Ya terminé. Te dejé esperando un rato largo. ¿Dónde íbamos?».

Los niños no necesitan un adulto disponible el cien por ciento. Necesitan uno que siempre vuelva.

Una última cosa, y va sin culpa

Si al leer esto reconociste tu propia escena —el niño insistiendo, tú contestando sin levantar la vista, la respuesta más seca de lo que querías— vale la pena decir dos cosas.

La primera es que eso le pasa a todo el mundo, y notarlo ya es la parte difícil: no se puede reparar lo que no se ve. La segunda es que la conducta que más aprende tu hijo de este tema no es la de dejar el teléfono. Es la de volver.

¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?

Referencias

  1. Tronick, E. et al. «The infant's response to entrapment between contradictory messages in face-to-face interaction». Journal of the American Academy of Child Psychiatry, 1978. Paradigma still face: ante una cara no responsiva, el bebé intensifica sus señales, se angustia y finalmente se retira.
  2. Tronick, E. y Gianino, A. Modelo de desajuste y reparación: en la interacción normal adulto-bebé la coordinación se pierde y se recupera continuamente, y es la reparación repetida —no la sincronía perfecta— lo que sostiene el vínculo.
  3. Radesky, J. S. et al. «Patterns of mobile device use by caregivers and children during meals in fast food restaurants». Pediatrics, 2014. Observación naturalista: mayor absorción del cuidador en el dispositivo se asoció con respuestas más bruscas a las demandas del niño.
  4. McDaniel, B. T. y Radesky, J. S. «Technoference: parent distraction with technology and associations with child behavior problems». Child Development, 2018. Asociación bidireccional entre intromisiones tecnológicas y problemas de conducta externalizantes e internalizantes.
  5. Reed, J., Hirsh-Pasek, K. y Golinkoff, R. M. «Learning on hold: cell phones sever communication for toddlers». Developmental Psychology, 2017. Niños de dos años aprendieron una palabra nueva en la condición sin interrupción y no la aprendieron cuando una llamada interrumpió la enseñanza.

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