Cuando aparece el «yo»: el espejo, su nombre y el primer «¡mío!»
Un día tu hijo se mira en el espejo y se toca la cara donde tiene la mancha de chocolate. Parece poca cosa. Es, probablemente, uno de los descubrimientos más grandes de sus primeros años: acaba de entender que ese de ahí es él.
Antes de eso también miraba el espejo, pero como quien mira a otro niño simpático. La diferencia entre saludar al del espejo y limpiarse la propia cara es la diferencia entre reconocer una imagen y saber que uno existe.
La prueba de la mancha
La forma de medirlo se inventó hace medio siglo y sigue siendo la misma: se le pone al niño una marca discreta en la frente sin que se dé cuenta y se le pone delante de un espejo. Los más pequeños tocan el cristal. A partir de cierto momento —normalmente entre los dieciocho meses y los dos años— se llevan la mano a su propia frente.
En esas mismas semanas suelen llegar otras dos cosas que van juntas: empieza a usar su nombre y aparecen el «yo» y el «mío». No es casualidad ni es que se haya vuelto egoísta. Para poder compartir algo primero hay que saber que es de uno, y ese «¡mío!» que nos incomoda tanto es la prueba de que ya lo sabe.

El «¡mío!» no es egoísmo apareciendo: es el «yo» estrenándose.
Lo que se enciende justo después
Saberse alguien tiene un precio inmediato: a partir de ahí se puede ser mirado. Por eso en esos mismos meses aparecen emociones que antes no existían —la vergüenza, el bochorno, el orgullo de enseñarte algo que ha hecho—, y todas necesitan lo mismo: un yo del que sentir algo.
También explica una escena típica: el niño que se esconde detrás de tu pierna cuando alguien le habla, después de meses de sonreírle a todo el mundo. No se ha vuelto más tímido. Se ha vuelto consciente de que lo están mirando, que es otra cosa.
La vergüenza no llega porque el mundo cambie: llega porque ahora hay alguien ahí dentro a quien puede darle vergüenza.

Qué hacer con el «yo solo»
Deja que haga lo que ya puede hacer, aunque salga mal. Ponerse el zapato del revés y salir así a la calle no es un fallo de crianza: es el yo recién estrenado necesitando comprobar que sirve para algo.
Ofrece dos opciones, no todas. «¿La camiseta azul o la roja?» le da mando sin abrirle un abanico que no puede gestionar. Es la diferencia entre elegir y perderse.
Nombra lo que es suyo y lo que es de todos. «Tu vaso, y la pelota es de los dos.» El niño que tiene clarísimo qué es suyo comparte antes, no después: presta lo que sabe que va a volver.
No lo definas en voz alta. «Es el tímido», «es el rebelde». A esta edad está averiguando quién es y toma nota de lo que dices de él delante de otros. Sobre eso escribimos entero en «Deja de llamarlo el tímido».
Y los berrinches, ¿qué pintan aquí?
Buena parte del famoso «no» de los dos años vive en esta misma casilla. Ya hay un yo con voluntad propia y con preferencias claras, pero todavía no hay ni las palabras para explicarlas ni el freno para aguantar que se las nieguen. La distancia entre lo que quiere y lo que puede hacer con eso es enorme, y por ahí se cae al suelo el berrinche.
Verlo así cambia lo que uno hace: no está desafiándote, está estrenando algo sin manual y sin frenos. Ponerle palabras a lo que quiere —«querías subir tú solo y ya te subí yo»— no evita el llanto, pero le enseña que eso que siente tiene nombre y se puede contar. La calma que le prestes en estos meses es la que va a usar después para calmarse solo.
No te está desafiando: está estrenando una voluntad que todavía no le cabe en las palabras.

Un día se toca la mancha en el espejo y otro día te dice su nombre entero, muy serio, como quien presenta a alguien importante. Es exactamente eso lo que está haciendo, y por eso conviene tratarlo con el cuidado con que se trata una presentación.
Está aprendiendo quién es. Lo que tú digas de él en esos meses se le queda dentro como si fuera un dato.
¿Le puede servir a otra mamá o a otro papá?
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- Amsterdam, B. «Mirror self-image reactions before age two». Developmental Psychobiology, 1972. Origen de la prueba de la mancha en el espejo y de las edades que se citan.
- Lewis, M., Brooks-Gunn, J. «Social Cognition and the Acquisition of Self». Plenum Press, 1979. Establece la relación entre el reconocimiento de sí mismo, el uso del nombre propio y los pronombres.
- Lewis, M. «Self-conscious emotions: Embarrassment, pride, shame, and guilt» (en Handbook of Emotions). Fundamenta que la vergüenza y el orgullo aparecen después del reconocimiento de sí mismo.
- Center on the Developing Child, Universidad de Harvard. «Serve and Return» y materiales sobre autorregulación temprana. Base de lo que se afirma sobre la co-regulación y la distancia entre querer y poder.